El número impacta.

La cifra conmueve.

Los datos no mienten.

En estas horas, Argentina reporta 100 mil personas fallecidas por Covid-19 desde que se contabilizan las estadísticas a partir del 20 de marzo de 2020, momento en que se decretó el comienzo de la restricciones con las primeras medidas del ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio).

A nivel mundial, las últimas informaciones ubican al país en el puesto 11 de habitantes que han perdido la vida. El ranking lo encabeza Estados Unidos de Norteamérica (607.399) y en el top 10 hay supremacía de naciones latinoamericanas (entre Brasil, 2do; México, 4to; Perú, 5to; y Colombia, 9no; apenas superan el millón de muertes), frente a aproximadamente la mitad (509 mil habitantes) que suma Europa (Rusia, 6to; Reino Unido, 7mo; Italia, 8vo; Francia, 10mo). Asia está representada por India (3ro, con 408 mil fallecimientos).

Llama la atención que Estados Unidos de Norteamérica, Rusia y Reino Unido, fabricantes de las principales vacunas que llegan a Argentina, estén en los primeros puestos.

Más sorprendente aún es la cantidad de vacunados que tiene el país: al día de la fecha, alrededor de 20 millones de personas recibieron al menos una dosis y estimativamente 5 millones, las dos. En total, poco más de la mitad de la población (56 %) está en proceso de vacunación.

Aun así, no todo debe ser cuantificable. Ninguna muerte merece ser reducida a la frialdad y despersonalización de un número.

Detrás de cada ciudadano que pierde la vida hay sufrimiento, dolor y abandono.

Los medios de comunicación se han encargado de retratar esos rostros que apesadumbrados saben sobre la inminencia del adiós. También, quedaron expuestos en primer plano el frustrado intento de médicos y enfermeros por no poder evitar el peor de los desenlaces posibles.

Las políticas sanitarias son parte de un mecanismo de ensayo y horror que no siempre han sido acompañadas por políticas económicas y políticas sociales. En ese sentido, también vale decir que el Estado es responsable.

En los próximos 20 años, los estudios de antropología y memoria hablarán de este presente. Lo analizarán y cuestionarán. Por siempre permanecerán las huellas repartidas de familias que vieron fenecer a sus seres más queridos.

Ante la delicada situación, algunos hospitales como el Rossi de La Plata crearon protocolos para que en los últimos momentos, las víctimas internadas puedan recibir la visita, el acompañamiento, la contención y la despedida de algún familiar cercano, que también deberá iniciar su período de duelo, aunque prescindiendo de determinados ritos para evitar contagios.

Mientras el personal de salud se cansa y no rinde como antes, las vacunas palian los efectos.

Al menos se abre una luz de expectativa para salir de este padecimiento que le puede suceder a cualquiera.

Las últimas palabras de este escrito llevan consigo la angustia, hija de algunas incertidumbres aún latentes: ¿Cuánto más faltará para terminar este calvario? ¿Cómo afecta el encierro a niños y ancianos, la población más vulnerable? ¿Qué secuelas quedarán para quienes sobrevivan a esta pandemia?

FuenteAdriano LH
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