Autor: Adriano LH

¿Qué es lo que sucede para que un país imperialista –en este caso, Estados Unidos de Norteamérica- nos siga vendiendo el siempre exitoso producto de esos superhéroes que se reinventan con el correr del tiempo, mostrando plena vigencia en la era del descarte?

Evidentemente, hay algo más que una mera estrategia de marketing. La indagación profunda nos llevará a pensar en la identificación, pues existe un ideal de hombre a partir del cual el ciudadano medio necesariamente aspira a proyectarse.

Los superhéroes de Marvel y DC Comics son la expresión de una sociedad con rasgos bien característicos: liberal, individualista, dominante. Apelan a la normalización –son ellos, los norteamericanos, la ley en el reino de lo establecido-; a vigilar y castigar en sentido foucaultiano; y a ser los dueños de un mundo que ante la caída de los grandes relatos –Dios incluido en tiempos de secularización y comunidades líquidas-, los muestra como salvadores de serios peligros para la humanidad en su conjunto.

Si la idea del superhombre de Nietzsche apelaba al nacimiento de un individuo nuevo que sobrevivía ante el ocaso de los ídolos –deidades, instituciones, certezas sostenidas por la dictadura de la convención-, los superhéroes norteamericanos vienen a confirmar que no hay destino posible y que la especie humana corre serio peligro de extinción.

Por eso mismo, anida en esas creaciones los sueños de grandeza propios de la idiosincrasia estadounidense: la nación como escudo, la bandera como emblema, el poder como consigna.

Superman y Spiderman ingresan en esta lógica de identificación y proyección. Ambos comparten –además de los colores de su vestimenta, roja y azul como la insignia norteamericana- el hecho de trabajar para un periódico, con lo cual el mensaje es que buscan defender la verdad desde el oficio de ser periodista. Sin embargo: ¿Por qué tienen una doble vida? ¿De qué se ocultan? ¿A qué le temen secretamente?

Resulta llamativo que los héroes norteamericanos –invocando también a los griegos antiguos- devengan faro moral al decretar lo que está bien y lo que está mal.

¿Por qué hacen lo que hacen? ¿Por altruismo, obligación, filantropía? ¿No hay en ellos la vanidad de volverse únicos e imprescindibles como garantes de un deber ser que construye hegemonía?

Más emparentado con el ciudadano común es Batman, el hombre que no tiene superpoderes y cuya biografía se ve atravesada por la tragedia: en la parábola del hombre multimillonario, la soledad lo trasciende. Asesinados sus padres siendo él un niño, el giro de su vida pasa por defender valores como la honestidad y la justicia.

Su antítesis es el Guasón (Joker, según la versión estadounidense; es decir, “jugador”, “bromista”), un sujeto marginal que es abandonado por sus progenitores y adoptado por una mujer con trastornos mentales.

El reciente estreno de la película dirigida por Todd Philips y con un descollante protagónico de Joaquín Phoenix, pone el acento en la figura de un personaje clave para comprender la relación dialéctica –como la del Amo y el Esclavo en Hegel- que se da entre el héroe murciélago y el villano psiquiátrico.

Batman es lo que es por el Guasón y viceversa; y no hay ningún adversario tan intenso, tan antihéroe, tan antisistema, que merezca la investidura encarnada por Joker.

La simbiótica vinculación entre ambos permite considerar algunos simbolismos: si Batman representa la ley, el Guasón es lo prohibido; mientras uno busca reestablecer el orden, el otro se empeña en transgredirlo. Batman es razón; Joker, volcánico y pasional. (¿Es más atractiva y seductora la forma de ser de este último que la condición predecible del otro?).

Sin embargo, en los dos hay aspectos visiblemente comunes: la marginalidad y la tristeza.

En la teoría de las virtudes de Aristóteles, Batman es el marginado por exceso –de riqueza, de hermetismo, de orfandad- y el Guasón aquel que queda relegado por sus defectos o vicios, llevados a cabo mediante la tremenda exposición para obrar con impunidad (asesinar, manipular) y estar al borde del delito permanentemente.

La historia de vida de Joker lo muestra como a tantos otros que resisten como pueden a sus circunstancias. Ser excluido por patologías psiquiatras es una problemática que muchas sociedades –incluso las que se denominan de avanzada- no han podido resolver.

¿Qué se hace con las personas relegadas que no tienen cuidado ni atención? ¿Cómo se las integra? ¿De qué maneras pueden defenderse sus derechos? ¿Cómo proceder ante individuos que hasta incluso pueden ser irrecuperables?

La Ley de Salud Mental en Argentina también hace eco en las mismas preguntas. Y más aún cuando hubo intentos por derogarla para volver a tratar al paciente como un enfermo que no merece otro destino más que el manicomio. Eso es estigmatizarlo.

Acaso, ¿las personas marginadas y que luego delinquen no son también víctimas de una sociedad que ha fallado en sus estrategias de prevención e integración?

En cualquier caso, las responsabilidades deberían también ser colectivas.

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