No hay tragedia sin dolor ni ausencias sin tristeza.

Aquella noche nunca podrá ser una más si en cada ciudadano habita la indiferencia ante una clase dirigente y un sector empresarial que no han hecho otra cosa más que buscar desligarse y eludir responsabilidades.

Cromañón es la herida social que todavía genera un cargo muy alto de conciencia: 194 muertes -evitables- en un recital de rock a causa de una bengala que se encendió hasta prender una mediasombra en las alturas de un lugar colapsado por la presencia de una cantidad de personas entre tres y cuatro veces mayor a la permitida.

El fuego se expandió y -en la desesperación- los cuerpos de los jóvenes caían en un laberinto con forma de embudo: unos arriba de otros, rasguñando las paredes, intentando salir de una trampa mortal.

No fue posible.

Y aunque haya habido sobrevientes, en ese 30 de diciembre de 2004 algo murió en cada uno de nosotros.

Hubo juicios, condenados y liberados; clausuras y nuevas leyes; destituciones que le costaron credibilidad a un poder negligente que reaccionó tarde, cuando lo peor ya hubo ocurrido.

Nunca más fue lo mismo desde esa vez, no sólo porque a partir de entonces cada lugar de encuentro social tiene estipulada explícitamente su máxima capacidad de gente, señalizada la salida y con los insumos básicos en regulación, sino porque generó en la juventud nuevas maneras de participación y defensa de derechos.

La militancia juvenil gana entusiasmo y compromiso en el espacio público. No cede ante la adversidad, tiene noción de colectivo, adhiere a la justicia social. Sabe que hoy su voz y voto tiene relevancia a pesar de ciertas estigmatizaciones que buscan relegalarla.

Los pibes de ayer son estos adultos del presente que están firmememente convencidos de la necesidad de construir un Sitio de Memoria en el lugar de los hechos. Lo que se dice, una manera de sanar y sobrellevar la pérdida porque -mal que nos pese- toda muerte es para siempre.

Autor: AdrianoLH

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